Instinto Social

Editorial N.4. A medio camino del Comunismo Libertario

Foto: “Míting de la CNT-FAI al Teatre Circ Olympia”, Pérez de Rozas
Catàleg en línia de l’Arxiu Municipal de Barcelona (AFB3-134 Nissaga Pérez de Rozas)
Licencia CC: https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/deed.ca

La guerra civil española fue para el movimiento libertario su particular guerra mundial. Y decimos mundial porque, tal y como demostraron los hechos, tuvo que lidiar contra casi todo el mundo y contra todas las ideologías restantes, incluso contra aquellas junto a las que conformó, circunstancialmente, una estrambótica Unidad Antifascista. Unidad que fue especialmente esperpéntica en aquella Barcelona convertida en corazón y en cerebro del anarquismo internacional, mal que les pese a algunos.

De hecho, esa victoria libertaria (aunque no exclusivamente suya) en aquellos días de julio del 36 frente a las hordas reaccionarias, pusieron sobre el escenario internacional una nueva oportunidad para cambiar el rumbo de este lamentable devenir humano. Porque en ese “amanecer libertario” se abrieron en los cielos algunos claros para que el anarquismo, enemigo declarado de todo Estado y de toda Propiedad, o lo que es lo mismo, de toda dominación y de toda explotación, pudiese demostrar que otra humanidad no es sólo posible, sino deseable.

Quizás la presencia de esta pieza extraña en un tablero mundial a punto de incendiarse retardó el inicio de ese calvario de horror en masa que se desataría justo cuando la guerra civil española ya estaba liquidada. Esto, sin duda, es historia ficción. Pero lo evidente es que todas las potencias no podían negarse a analizar qué estaba sucediendo en España, mirando de reojo cómo se movían los otros Estados, y en qué grado convenía o no implicarse en cada una de las causas en juego, preludio de las borrascas que ya se preparaban en los círculos del Poder. Y la libertaria era, sin duda, la única causa que no podía encontrar esta clase de aliados, más allá de solidaridades populares internacionales que, aunque no siendo ni pocas ni para nada desdeñables, poco podían hacer contra el despliegue del terror tecnológico que afinaban los Estados. Corazones contra Máquinas.

Así, derrotada la Reacción ese julio del 36 en Barcelona, aquellos libertarios y libertarias, con el sudor de la lucha aún pegado en los rostros, tuvieron que decidir qué rumbo emprender, y contra quiénes empuñar las armas conseguidas, las más de las veces, en el mismo fragor de la batalla. Ciertamente, el vuelco revolucionario estaba a tocar. Pero, ¿era posible hacerlo solos? Complicado, pues, ¿cómo uno iba a girar sus armas, de golpe, contra quiénes se habían estado batiendo a su lado hace apenas unas horas?

Las ideologías pueden simular compartimentos estancos, pero las relaciones humanas son altamente complejas, y muchos que saltaron a las calles a jugarse la vida para frenar el golpe de los más privilegiados, hacían de puente ideológico entre proyectos sociales difíciles de reconciliar. Decidieron quedarse a medio camino del comunismo libertario, e intentar por la vía de los hechos ir avanzando allí dónde se pudiera, sosteniendo una guerra contra poderosos enemigos a lado y lado de las trincheras. Guerra abierta hacia un lado, guerra encubierta hacia el otro. El movimiento libertario contra todos, por terrenos  pantanosos que no quedaba otra que pisar. Y el peor de ellos era el de la “Colaboración”.

Si por un lado Mussolini y Hitler no dudaron en aliarse y ayudar a los sublevados, ningún Estado estaba dispuesto a alinearse con el Estado Republicano teniendo al movimiento libertario poniéndole entre las cuerdas. Y ello no sólo parece lógico, sino incluso natural. Y poco a poco la ofensiva mundial contra el anarquismo empezaría a desplegarse.

En realidad, el resto de organizaciones antifascistas y los Estados circundantes conformaron un complejo conglomerado de intereses cuya obsesión inicial era levantar un “cordón sanitario” contra el movimiento libertario, elaborando una auténtica contrarrevolución republicana, para frenar el desarrollo revolucionario bajo signo libertario: mantener la propiedad, aunque fuese pequeña; y sostener un Estado, aunque fuese raquítico, fueron las consignas de los primeros tiempos… Porque apuntalado lo pequeño, se legitima después la monstruosidad de lo grande. Cualquier cosa excepto ceder ante una población libertaria organizada, pujando por abrir nuevos caminos desde la calle.

Y ese “cordón sanitario” se levantó rápidamente, en forma de boicot financiero y de suministro de armamento del Estado Central y de las potencias occidentales a las zonas mayoritariamente libertarias. Casi nada. Y paralelamente, se puso en marcha una campaña difamatoria contra la revolución libertaria para contrarrestar esa esperanza con la que muchísimos miraban esta zona mediterránea. Campaña de hipocresía mediática, pues se focalizó en la represión desatada en la retaguardia catalana. Hipócrita porque todos participaban en ella sin reparos (había no pocos odios históricos y todos tenían cuentas pendientes; tampoco nadie era iluso, pues se estaba en una matanza donde al enemigo no se le puede dejar campar a sus anchas); e hipócrita porque, por el otro lado, la denunciaban como específicamente libertaria.

Pasados los primeros meses, y frenado el impulso libertario, empezaron las tanganas. Los primeros en probarlo fueron los que se quedaron fuera de las sillas republicanas. Heridos en el orgullo para quienes anteponían un Estado y una bandera a cualquier otra consideración (no en vano se les acusaba de ser filofascistas), desde Estat Català intentaron un complot de pacotilla hacia el mes de noviembre del 36. Lo probaron, incluso, sondeando sus contactos nazis y con la Italia mussoliana. Pero eran demasiado pequeños para tantas pretensiones…

Mientras se abortada este primer conato contrarrevolucionario, silenciado a la opinión pública y resuelto filas adentro entre ERC y Estat Català, los soviéticos llegaban a Barcelona, afianzando su Consulado con Oovsenko al frente, y con Herz, en la sombra operando. Palabras mayores. Los movimientos no se hicieron esperar, y el recién inaugurado PSUC, con el vanidoso Comorera de títere-estrella, empezaron a dinamitar la revolución. Y con la UGT de comparsa a su lado…

Y así, de repente, el discurso oficial empezó a teñirse de tintes contrarrevolucionarios: defensa de la pequeña propiedad frente a las colectivizaciones en marcha; restitución del las fuerzas policiales frente a las Patrullas de Control; militarización frente a las milicias… Las exigencias de la ayuda soviética eran sencillamente antilibertarias. Gracias a ello Comorera pudo desatar su “Guerra del Pan” (boicot alimentario), a la vez que PSUC-UGT se retiraban de las Patrullas de Control, facilitando la crítica contra la gestión del orden público, cuando hasta la fecha bien se habían destacado con sus rondines terroríficos encabezados por África de las Heras. Y las armas soviéticas, pagadas con el famoso oro español, seguían todas las rutas excepto la de Barcelona. Desde Valencia, además, se proseguía con el boicot financiero a las Industrias de Guerra catalanas, ese intento casero de abastecer el frente del Este donde no llegaba nada.

Y así, los más horrorizados por la revolución social encontraron una plataforma desde donde se envalentonaron. PSUC y UGT se hinchaban como un globo gracias a consignas que atacaban la revolución libertaria. Y pasando de las palabras a los hechos, se empezaron a multiplicar las refriegas por toda la retaguardia. Los libertarios y libertarias, dónde podían, no sólo respondían, sino que también atacaban. La evidencia de una ofensiva contrarrevolucionaria puso ya en marzo del 37 a los comités de defensa confederales en alerta máxima.

Por el frente las cosas no iban mejor. La contrarrevolución se tradujo en un frente de Aragón desabastecido en armamento, donde se castigaba incluso las columnas libertarias con “fuego amigo”, desmoralizando y torpedeando por todos los medios su mayoritaria presencia en el frente del Este. Y cuando decimos torpedear lo decimos tanto a nivel metafórico, como real: en más de una ocasión aviones republicanos dispararon conscientemente contra las filas confederales. Y metafóricamente hablando, porque se les acusaba de un frente caótico, empujándolas hacia una militarización odiada que, precisamente, alimentaba más la tensión y la desconfianza. Hasta el punto que columnas enteras estuvieron a nada de romperse, con deserciones ideológicas y graves tensiones internas sobre si aceptar o no una militarización que, al fin y al cabo, no sirvió absolutamente de nada.

En abril, además, Comorera, ahora desde la Consejería de Justicia, puso en marcha otro frente antilibertario con una ofensiva judicial por las responsabilidades de los asesinatos de los primeros meses de la contienda, y que será conocida por el nombre de “los cementerios clandestinos”. Ofensiva que desde su partido se acabaría por frenar pocos meses después, cuando la derrota libertaria estaría ya certificada. Y es que las responsabilidades de todos esos asesinatos salpicaban sin lugar a dudas mucho más allá del movimiento libertario, tocando de lleno tanto al PSUC, como a ERC, así como al resto de formaciones antifascistas. El objetivo ya estaba cumplido: asentar esa falsedad tan cacareada de la responsabilidad única del movimiento libertario en la represión de retaguardia.

De hecho, en ese abril del 37 la contrarrevolución ya estaba preparada para su ofensiva final: conspiración política, ahogamiento económico, estrangulamiento financiero, desabastecimiento militar, difamación mediática, ofensiva judicial, hostigamiento policial, agresión militar, aislamiento internacional… Se hace difícil juzgar a la ligera todas las acciones y decisiones que aquellos libertarios y libertarias tuvieron que afrontar.

Y este descomunal pulso mundial contra el anarquismo se mantuvo hasta mayo del 37, bajo una tensión creciente. Y Mayo fue cuando las armas se giraron contra el movimiento libertario: desde la Generalitat de Catalunya, Estado Central, PSUC, ERC, Estat Català, soviéticos y fascistas, ingleses y franceses (¿a qué esperaban sus barcos en el puerto de Barcelona durante las Jornadas de Mayo?); ese Lluís Companys histérico pidiendo a gritos a la aviación que bombardeara las posiciones libertarias…

A partir de entonces, el movimiento libertario deambuló entre las filas antifascistas herido de muerte, sosteniendo frentes de batalla mientras que por la espalda algunos se recreaban en la herida perpetrada. Lo siguiente, se perfiló como una penosa resistencia en una guerra ajena, colaborando con enemigos cuyo entendimiento era hipócrita y casual, donde lo único que les unía era un retroceso continuo hasta la derrota final.

A pesar de todo, desde aquel julio del 36 hasta mayo del 37, se puede afirmar que aquellas gentes vivieron a medio camino del comunismo libertario. Si decimos “a medio camino” no es ni para criticar ni mucho menos para menospreciar todo lo que aquellos libertarios y libertarias hicieron e intentaron construir. Evidentemente, no se pueden obviar los errores que se cometieron. Es más, el anarquismo necesita afrontarlos y reflexionarlos para asumir tanto los éxitos como los errores que se cometieron. Y quizás el primer paso sea intentar comprender las decisiones que se tomaron y los motivos que las fundamentaron. Y no tanto por tomar hoy estériles y estéticos posicionamientos, cuando nuestro contexto está, simplemente, a las antípodas del comunismo libertario. En realidad, es muy fácil, hoy, decir “se tenía que haber ido a por el todo”, cuando el toro ha pasado hace más de ochenta años.

Porque a pesar de todo, y aún perdiendo esa guerra mundial, el anarquismo se mantiene vivo en las calles. Perdió la vía del “Colaboracionismo”, pero no la dignidad libertaria.

Instinto Social

Foto: “Míting de la CNT-FAI al Teatre Circ Olympia”, Pérez de Rozas
Catàleg en línia de l’Arxiu Municipal de Barcelona (AFB3-134 Nissaga Pérez de Rozas)
Licencia CC: https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/deed.ca

Compartir este artículo

Comentarios

Regístrate para dejar tu comentario.