Instinto Social

Tiempos terroristas

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La crisis económica actual es una manifestación más de una sociedad estructurada sobre el miedo. Lo más seguro es que nos encontremos en una larga espiral del absurdo autoritario donde la violencia fundamenta al poder y el miedo organiza la conducta de los que vivimos subyugados. Pues ambos (miedo y violencia) son la clave para entender por qué una estructura jerarquizada se muestra estable a lo largo del tiempo.

Toda dominación, pues, no puede perpetuarse más que con un despliegue de recursos represivos de altos costes económicos y políticos, lo que obliga a cálculos estratégicos para impedir que la estructura de dominio colapse por el peso de su propia monstruosidad. Pues el miedo del dominador es verse devorado por los que tiene subyugados, lo que obliga a aumentar en un sin fin las estructuras de violencia y represión. Sabe del odio que cultiva, y su problema es canalizar bien a la venganza que se espera: es decir, hacia “otros”.

La estructura de violencia que garantiza toda dominación es, pues, una lacra económica, más que necesaria, para el dominador. De hecho, sin esta violencia no habría dominio posible. No obstante, si se puede convencer a los subyugados de lo idóneo e incluso inevitable de dicha relación, no sólo se consigue cierto control voluntario (el cínico civismo), sino que además pone las bases ideológicas para redireccionar con éxito los odios y venganzas cultivadas (el racismo de todo patriotismo, por ejemplo).

Pero, ¿cómo se consigue dotar de legitimidad a una relación estructurada en la violencia? ¿Cómo conseguir que el subordinado vea en su torturador como a un salvador? Sólo el miedo tiene la capacidad de tales conversiones, y éste sólo se trabaja elaborando amenazas, ya tengan base real o sean pura metafísica (qué terroríficos son todos los dioses…).

Toda amenaza apunta directamente al miedo del dominado quien, mutilada y estigmatizada su capacidad de rebeldía, no le queda otra que suplicar a la autoridad su propia protección. Así, los niveles de lealtad son en realidad más bien escasos, y lo que realmente subyace en los “convencidos” es ése miedo que recorre la médula espinal… Y no hace falta hacer grandes alegatos históricos, sino sólo recordar cuántos terrores se han difundido en los últimos años.

Hemos vivido miedos tecnológicos (efecto 2000), sanitarios (gripe aviar o gripe A), políticos (espectaculares atentados de dudoso origen), culturales (expansión del islamismo radical). Exageradamente mediatizados y tergiversados, siempre reproducen el mismo esquema de resolución: Difusión de un miedo; del miedo a la súplica a la autoridad; de la autoridad a la prevención (el pelotazo del asunto); y, finalmente, el control como afianzamiento de la autoridad. Un círculo casi perfecto… En cada uno de estos círculos terroristas, el pelotazo económico se lo adjudica el sector quien tiene la llave de su resolución. Que, por lo pronto, acostumbra a ser el mismo que ha encendido todas las alarmas. Entonces las autoridades tienen el beneplácito social para poder destinar todo el dinero necesario para solucionar la fuente de terror.

Todos ellos son terrorismos discursivos cuyo objetivo es la siembra del miedo que paraliza y domestica hasta la subyugación. Porque el miedo expresa y pone en evidencia una debilidad. Y este sistema, basado en la explotación salvaje de toda debilidad ajena, encuentra así nuevos ámbitos de expansión.

Y hoy nos encontramos de lleno ante un nuevo terror, que ha encontrado su chollo en un mundo encadenado en la deuda. Terror propiamente económico, es el mejor de los pelotazos posibles. Y con esta crisis económica se vuelve a reproducir el esquema terrorista en que en la prevención (del descalabro del propio sistema) está el auténtico pelotazo (¿cuánto dinero ha devorado el sistema financiero?); y en la respuesta (miedosa) social, que acaba por suplicar un aumento del Estado como garante y protector de la vida de los subordinados.

El Estado como estructura de dominación puede prescindir de casi todo, excepto de la violencia que exhibe en monopolio. Lo lógico ante la crisis es pues la auto-amputación de aquellas funciones no esenciales para su cometido. Así, todos esos servicios sociales que caracterizaban al Estado del Bienestar, esas “concesiones históricas” de carácter más o menos social que se tuvieron que desarrollar los últimos dos siglos por el terror que generaba a los de arriba una sociedad que había perdido el miedo a rebelarse, son hoy totalmente prescindibles. Pues su triunfo es, precisamente, éste: una sociedad asustada de sí misma.

Asistimos al espectáculo de ver cómo el sistema financiero se devora a sí mismo, ante la debilidad y el miedo generalizado de una sociedad tan desorganizada que no se ve funcionando sin su propio amo. Pero el dilema no es tanto el miedo a los recortes, que no anuncian más que una derrota, sino perder el terror a exigir un mundo nuevo. En una guerra de miedos, ellos tienen cárceles y policías; pueden destruir y aniquilar lo que quieran con su Ley hecha a medida. Pero siempre, siempre, tienen mucho más que perder. Qué sientan el terror de una sociedad sin miedo a luchar por una vida digna.

Víctor Malavez

Fotografía: Mustapanki

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